La playa San Pedro, en Bahía Honda, siempre compartió nombre con el Campismo Popular, la Villa Azucarera y la del Ministerio del Interior (Minint). Estas últimas destinadas a sus trabajadores.
Nunca fue fácil acceder a ella. Sin embargo, emprender viaje convidaba por la feliz coincidencia del entorno montañoso y marino, los estables servicios a precios asequibles, más la venta –ilegal en la mayoría de las ocasiones– de pescados no tan usuales por otros lares.
Des-contar
El tiempo y la apatía le juegan una mala pasada a este pedazo de geografía. Los solo 20 kilómetros para entrar son casi interminables entre huecos profundos y abundante marabú. En el trayecto no cruzas vehículo alguno, salvo los de tracción animal. Y muy escasos.
Hace unos cinco años, la delegación provincial del Minint cambió a la Empresa de Alojamiento su villa, por otra en Mariel, El Mosquito.
La “dejadez” fue oportunidad para que bahiahondeses recién damnificados por el huracán de 2024, ocuparan cabañas por su cuenta. En otras robaron ventanas, puertas, sanitarios, cercas, aceras. Y según nos cuentan, algunos “osados” marcaron las restantes como su propiedad, ante la ausencia del dueño legal.

Al frente de la otrora Villa del Minint, los azucareros también entregaron la suya por una política de país, aprobada por algunos e incomprendida por muchos.
Yoel Martínez, quien fuera jefe de la villa en aquel entonces explicó que, “en diciembre de 2014 la Empresa de Campismo recibió unas 30 cabañas con clima, televisores, refrigeradores, camas, cortinas, varios transportes, grupo electrógeno, y otros recursos”.
Si la matemática no falla, las capacidades del campismo sumarían unas 70 cabañas, pero el conteo de las disponibles, diez años después, anda a mitad de cifra.
“Nada es igual”, y puede empeorar
“Es una opción asequible al comparar los precios de hoteles y alquileres cerca de las playas, pero precisa mejores condiciones”, dice un vacacionista que alquiló dos cabañas de las siete ocupadas al momento de nuestra visita.
“Una vez por temporada hace casi 20 años vengo con mi esposa, hijas, nietos… Menos los ventiladores, lo traemos todo, hasta la nevera y el agua potable.

“El personal del campismo es muy agradable, pero no ofrecen gastronomía ni recreación. El parque infantil se perdió.
“Cocinamos con equipos eléctricos, pero ante los constantes apagones usamos variantes”, explica, y señala una hornilla con leña y algún trozo de carbón ya deshecho.
¿Y cómo se trasladaron de San Cristóbal acá? Hace un gesto, suspira. “Unos 40 000 pesos nos cobró un particular”.
En otra cabaña, el también sancristobalense Miguel Ángel Sánchez, trabajador del Taller de Discapacitados de su municipio, nos hablaba de su segunda vez en San Pedro. “No hay muchos indicios de recuperación tras el ciclón hace unos ocho meses. Ningún área exhibe su mejor cara”, dice, y camina hasta orillas del mar, donde hay música y compra– a trabajadores por cuenta propia– bebidas frías y chucherías.

En busca de respuestas
A Juan Jesús Gamiotea Pozo, director de San Pedro hace dos años, interrogamos, no sin antes andar de asombro en asombro en un campismo enyerbado por la desidia.
“El huracán hizo mucho daño en las cubiertas, al caer las matas de coco. Se repararán, pero hasta ahora no hay cemento. Prestamos servicio solo en 35 cabañas.

“Tenemos para elaborar almuerzos y cenas, pero los campistas no lo solicitan, ellos se cocinan”, explica, aunque en voz de los vacacionistas había otra versión, al igual que con la venta del módulo que, según el director, “incluía papel higiénico, licor, y otros bienes, pero aún no se lo hemos vendido”. Algo medio raro.
“No podemos hacer mucha gestión para ampliar las ofertas al tener un solo vehículo, no en muy buen estado, y 20 litros de diésel de asignación mensual. Tampoco se permite en la instalación ninguna forma de gestión no estatal, y la plantilla no está cubierta ni al 50 por ciento. Los salarios andan por debajo de los 3 000 pesos”, acota.
Deterioro progresivo: secreto público
El campismo San Pedro, con acceso ilimitado desde la entrada, duele. Duelen las luminarias apiladas, quizás desde el paso de Rafael, el 6 de noviembre de 2024.
Duelen las huellas de árboles caídos, lo que un día fue parque infantil, restaurante, ranchón, y la sala de juego amerced de la lluvia, el sol, el deterioro…


Duelen otras cabañas abiertas, desbaratadas por dentro, sin indicios de vacacionar en ellas a corto plazo.
Duelen las condiciones de la playa, quizás, en el orden del día de las administraciones responsables o entre quienes deben proteger ese azul, pero no en las acciones.
¿Ahogarse en la orilla?
Nunca un huracán, sea cual sea la categoría, hará más daño que el humano disfrazado de desinterés. Nunca habrá mayor enemigo que la inercia ante las soluciones.
La provincia de Artemisa reseña en su historia la desaparición en el mapa, del Campismo Popular La Herradura, cerca de la playa de igual nombre, en Mariel.
Desapareció, de proyecto en proyecto, con abandono implícito. ¿Por qué? ¿Dónde está o están los responsables? Simplemente, menos opciones de recreación popular.
En 2023 los siete campismos artemiseños sumaban 310 cabañas. En 2025, Niurka Quintana Pérez, directora de Campismo Popular, desde mayo pasado, declaró disponibles 242, 68 menos (30 de estas en San Pedro).
¿Este campismo, con casi la mitad fuera de orden tendrá los días contados como La Herradura, de seguir este camino?
Pensar en inversiones es utopía en medio de una situación económica de las más complejas de todos los tiempos. Perder cuanto tenemos es un acto repudiable. ¿Entonces? Nos queda no restar ni confabularnos con el desatino de las manos atadas, o sueltas, como asimile mejor el contexto.
Son tiempos de no cobijar el desánimo ni ser cómplices de lo mal hecho. De encadenar las buenas prácticas con las cuales sobreviven otras instalaciones, y juntarse hoy, ahora, para ayudar a que el campismo de la playa San Pedro, no se ahogue en su misma orilla.










Muy buen trabajo periodístico…
Pero no voy a hablar de lo que depende de recurso que se hace muy difícil para cualquier administrativo resolver, pero al menos los jardines, la puerta de entrada depende del espíritu que se le añada.
Muy buen reportaje y mis felicitaciones. Yo estuve en el campismo San Pedro por el año 2019 y ya presentaba daños. Creo que que vivimos de muchas consignas y esperando por algo o alguien, el sentido de pertenencia nos golpea fuertemente por su ausencia y no motivamos el compromiso de hacer más ameno el poco tiempo de disfrute que tenemos. No entiendo que tiene que ver los recursos con una maleza tan alta, el descuido y protección de áreas recreativas. Fácil…..ausencia de control por los directivos responsables. Una vez más los cubanos seguimos perdiendo identidad.
Es una lástima que se haya dejado de la mano ese lugar pq tenisuy buenas condiciones al principio cuando se inauguró. Hasta cuándo vamos a seguir perdiendo lo que ha sido bienestar para la población que cada día se queda sin opciones
El abandono es institucional
Desde que obtuve un poco más de conciencia sobre la provincia Artemisa, he adquirido también un sentimiento bastante desarrollado por esta provincia. Con solo 18 años me es difícil hallar o sugerir alternativas a las soluciones pertinentes que requiere nuestra joven provincia. Este caso me duele, me duele porque siempre quise visitar ese campismo en especial pero desde hace años los comentarios y opiniones se han tornado más negativos, al punto de que este periódico le ha dedicado un artículo y no para reconocer la calidad de su servicio. Me duele también porque como próximo estudiante de una profesión directa del sector (Lic. Turismo) es duro ver que las áreas de trabajo de todo el sector se van reduciendo a causa del descuido y desinterés de las direcciones, del descenso turístico tanto nacional como internacional, y de la poca atención al propio sector.
Ojalá este campismo no tenga el mismo destino que el de Herradura, y ojalá la provincia tenga mejor dirección turística y económica. Gracias a Yudaisis por el artículo, saludos.