Cuando la tormenta pase
Y se amansen los caminos
y seamos sobrevivientes
de un naufragio colectivo.
Con el corazón lloroso
y el destino bendecido
nos sentiremos dichosos
tan solo por estar vivos.
Hice míos estos versos sin importar su dueño. Eran la esperanza misma mientras el mundo latía al compás del dolor y la nostalgia comenzaba a rodearnos. Los hice míos cuando esta pandemia tocó bien cerquita, cuando poco más de 24 horas aislada por sospechas de COVID-19 me parecieron el infierno y aún nadie presagiaba el mañana.
Aparentemente, todo vuelve a la normalidad, pero nunca más será igual. En estos días —más largos para algunos— hay historias no contadas, hubo quienes se empinaron y dejaron el alma donde más hizo falta y otros con energías para echarse encima la suerte de todos.
¡Nos cambió la vida! “No se despacha a mujeres con niños, menores de edad ni adultos mayores”, recuerdo aquel cartón tan feo, pero con cuotas de protección a los más sensibles. Hubo jovencitos por vez primera en litigios de mandados, jabas, menudos no devueltos y pesas de mal pesar.
Unas pocas libretas de abastecimiento abandonaron su quietud; entretanto, acercar la comercialización sigue como deuda en más lugares que los deseados.
Ahora hay delegados marcados por los afectos, al hacer por su gente más de lo establecido. Hay campesinos de nobles gestos, donantes más que de plátanos, zanahorias o carne de cerdo: de su ejemplo.
Algunos, con su problema a cuestas, asumieron como familia al viejito solo de la esquina o a la señora que su única hija cruzó aguas nacionales, mientras las redes sociales erizaron pieles con mensajes de recónditos lugares.
Nunca antes vi parques como desiertos, artistas tan creativos como jamás imaginaron y una doctora sudada anunciando con un audio la fumigación del día siguiente.
La hora del cañonazo ahora es la de la gratitud. En mi barrio no hubo cumpleaños ni efemérides inadvertidas. Tras los aplausos retumbaban bombochíes, y un pregunta-pregunta se repetía al saber de un caso positivo: “¿y su mamá, y su hijo, y el vecino del lado? Fue así como celebré el alta médica de la enfermera de Caibarién, a donde nunca he ido.
¿Qué decir del pollo del arroz con pollo? Nunca mejor dicho, con sus colas, sus tiques pegados en las manos y la increíble polémica entre la distribución equitativa allá y el sálvese quien pueda aquí.
No es invisible a los ojos el lucro ni las caras repetidas en una y otra fila, tratando de hacer bobo o haciendo bobos a algunos, que tal vez a río revuelto…
Hubo más pillos y quienes ante la ausencia sacaron la delantera. Hubo cepillos dentales, juguetes, talcos… envejecidos en las vidrieras, que aprovecharon la ansiedad por comprar, por gastar o quizás la incertidumbre de “por si mañana no hay”.
Al parecer, ya se amansaron los caminos y, aunque haya corazones llorosos, el destino está bendecido. Nos quedan moralejas de este tiempo aislados pero unidos, que vale multiplicar por los tantos provechos.
Hoy son buenas las etiquetas para pensar en todos, en Artemisa, mi pedacito y mi gente. Queda alertar la cercanía entre coronavirus, rebrote y desatino. Aún no estamos a salvo. No demos rienda suelta a la suerte y sí a cuidarnos.
Ya nos creímos —con toda razón— que “sí se puede”. Ya desmentimos la burda idea de la juventud perdida, y sumamos el nasobuco como prenda repetida. Ya sacamos lo mejor no sé de qué recóndita certeza. Pero repito ¡por favor, no te descuides! Sobrevivimos al naufragio colectivo, y nos sentimos dichosos al paso de la tormenta. ¡Estamos vivos!
Saludos mi nombre es Marcelino Garriga y le dejo este poema a su consideración soy de San Antonio de los Baños del iitabaco.
Siempre es 26
Más que consigna es un hecho
Porque siempre al acecho
Sin escrúpulos y sediento
Espera el Buitre el momento
De mi patria devorar
Firmes debemos estar
Unidos y preparados
Con el socialismo y claros
Que con Cuba no podrán
Porque estamos a la sombra
De un inmenso Caguairan.
Marcelino Garriga.