Tu concierto no es el mío
1:00 pm. - 27/10/2017 2 comentarios | | |

Tu concierto no es el mío

Hace apenas unos días, mientras cami­naba por una calle, escuché salir del interior de un Lada parqueado al filo de la acera un con­cierto de reguetón, el cual, de puro milagro, no agrietó las paredes y partió a la mitad los techos de fibrocemento de aquel vecindario.
Miguel Terry Valdespino nadiemebusca@yahoo.com

Todavía se recuerda aquel monólogo, escrito por Héctor Zumbado y popularizado por Carlos Ruiz de la Tejera, sobre el calvario en que puede convertirse un viaje en una guagua cubana.

Como uno de los contribuyentes del caos guagüero del monólogo de Zumbado, aparece cierto personaje que ha subido al ómnibus con un radio enorme puesto a todo volumen, tal como fue común en la Cuba de las décadas del 70 y el 80 del siglo pasado.

Con la llegada de la década del 90 y el cie­rre del siglo XX, tales personajes parecían, por suerte, haberse perdido de la escena crio­lla. Sin embargo, nada más lejos de nuestra aspiración...

Volvieron. Y no les bastó tomar por asalto el transporte público, sino que les vino de perilla cualquier clase de transporte o espa­cio público o privado, fuera un almendrón de alquiler, un carro particular, la entrada de una vivienda o de un barrio, las casas de cul­tura (¡horror de horrores!), las actividades solemnes... y cualquier sitio donde el fanático musical se le ocurriera instalar su estruen­doso equipo de bulla... digo, de música.

Para colmo, estos bullangueros ni siquiera se dedican a “promover” en sus estruendo­sos equipos la mejor música existente, sea de cualquier país, sino verdaderos bodrios, a veces repletos, no ya de insinuaciones sexua­les, sino de selváticas copulaciones, de las más contundentes groserías y las más pedes­tres pasiones humanas.

Creo que cada quien debe estar en liber­tad de escoger al músico de talento o al figurín de moda que más le apetezca. Pero esa es una elección absolutamente individual, que debe tener provecho y consecuencias individua­les... y punto.

Si alguien decide elegir como preferencias, casi únicas, a Yakarta, Yomil, El Dany, El Cha­cal, Chocolate o Vainilla para hacer las delicias de su oído, por favor, que no los elija para hacer las rabietas del mío (y el de otras y otras como yo), negados rotundamente a tragarnos a la fuerza, de la manera más escandalosa, a tales productos del pentagrama insular.

Hace apenas unos días, mientras cami­naba por una calle, escuché salir del interior de un Lada parqueado al filo de la acera un con­cierto de reguetón, el cual, de puro milagro, no agrietó las paredes y partió a la mitad los techos de fibrocemento de aquel vecindario.

Tratando tal vez de hacerse llamativo –sabrá Dios a quién o a qué arpía-, de demos­trar su elevado status de vida, optaba por hacerse visible desde la opción del ruido más demencial, sin que ninguna autoridad pusiera freno a su potente algazara.

Cuenta una anécdota que, hace ya algu­nos años, un destacado e ingenioso escritor cubano, cansado ya de los azotes musicales de sus vecinos, decidió tomar venganza de los desconsiderados sujetos.

Para eso se levantó una mañana, colocó en su equipo musical el concierto de ópera que le pareció más largo, ininteligible, potente y provocador (seguramente algo de Wagner, imagino yo ahora), lo alzó hasta imprimirle un volumen sobrehu­mano, cerró la puerta tras sí y se fue a la calle, de la cual no regresó hasta caer la noche, después que la misma ópera había “pasado” una y mil veces por los oídos de sus vecinos.

A su retorno lo esperaban estos, ya con la moraleja aprendida y dispuestos a fir­mar el armisticio: ni ellos le dispararían los insufribles conciertos de reguetón, ni el escritor los atacaría con aquella “música insoportable”. Pacto convenido y firmado. Ni un exceso ni otro.

Mi concierto, el del escritor, el de la lavandera, el de Pedro o María —incluya a pelagatos de cualquier estampa o incluya a Mozart y Serrat, Beethoven y Barbra Streisand, Louis Armstrong y Omara Por­tuondo— no puede ser el de otros a la fuerza. Jamás. La música debe ser siempre un motivo de placer, no un acto de agravio al prójimo, como, por desgracia, está suce­diendo de manera común.

4:45 pm. - 09/05/2014 2 comentarios | |

COMENTARIOS DE LA NOTICIA

Arlina
- 10/31/2017 - 15:35
1
Terry, que bien, ese sayón le sirve a muchos lástima que ellos no lean. Saludos.
Rodrigo Fernánd...
- 11/14/2017 - 11:36
2
Me parece admirable que en tampoco espacio haya podido entregar tan oportuno mensaje, sobre el número de decibeles con que se disfruta la música de preferencia de cada persona y subrayo esto porque no tiene que ser la mía y por tanto nadie tiene el derecho de imponerla. En mi humilde opinión el problema pasa por varias aristas, comentemos algunas: una de ellas y muy importante es la educación, pues aunque las autoridades nacionales hallan orientado, por ejemplo, que en las escuelas en los distintos momentos de asueto, que por lo general son los recesos y el horario de almuerzo, se divulgue la música infantil(por supuesto en aquellos centros que poseen equipos de audio)no obstante se desconocen esas ordenanzas y se agreden los oídos de los infantes con géneros musicales que nada tiene que ver con una inteligente y variada propuesta musical; otro de los aspectos es la familia, por experiencia se de cumpleaños de niños de cualquiera edad donde se irradian géneros musicales y determinados números e intérpretes que nada tienen que ver con el motivo de la festividad; finalmente creo que otra de las problemáticas es la sociedad, que una parte de ella por su incultura musical(que nada tiene que ver con el grado escolar que ostente) que da como bueno la escucha y difusión de un determinado género que en nada aporta, unido a esto es la pobre o ninguna actuación de los que tienen la autoridad para poner freno a esa alucinante y estéril escucha de determinados géneros musicales. No quiero abusar de la paciencia de los que puedan leer este comentario, pero me gustaría plantear algo más. Estoy en México por motivos laborales y he caminado por dos importantes ciudades de este bello país, y he visto infinidades de negocios que tienen que ver con la divulgación de la música, y sólo se escucha, cuando usted se acerca a ellos de una modelación agradable. ¿Son ellos más o menos cultos que nosotros? No creo que sea eso sino que hay autoridades que están pendientes que se cumplan las directrices para este tipo de actividad en la comunidad. ¿Se puede en nuestro aspirar a que esta problemática cambie?. Claro que si pero, eso es tema de otros comentarios. Saludos afectuosos.

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