Pesadumbres de la Pájara Pinta
1:30 pm. - 19/07/2017 0 comentarios | | |

Pesadumbres de la Pájara Pinta

Los juegos infantiles tradicionales constituyen mecanismos que ayudan a generar en el individuo procesos de identificación con su comunidad, con su región, con su país, a partir de la socialización inherente a estos. Es una realidad, no una frase bien hilvanada.
Myrla Pizarro de la Uz myrla@artemisa.cip.cu

Estuvo sentada en su verde limón, contentísima, hasta hace un tiempo. Ahora suele verse cabizbaja a la Pájara Pinta. Ella, al igual que la rueda-rueda, el arroz con leche, los yaquis y los soldaditos, hasta los palitos chinos y el parchís padecen del mismo mal.
Cuando José Martí escribía en 1889 para La Edad de Oro: “los niños de ahora juegan lo mismo que los niños de antes”, no podía imaginar el empuje arrollador que imprimiría la tecnología a toda la vida en el planeta, y muy particularmente la digital.
No voy a arremeter contra los videojuegos ni sus similares. Pretender que nunca llegó aquel Mario en la primera avanzada y, ahora, el Súper Mario 64 en 3D, o Dying Light, con su supervivencia y sus zombies, sería hacer como el avestruz. Y ya hay más de una generación de nativos digitales.
Pero extraviar los juegos de los abuelos no solo es doloroso sino perjudicial. Al olvidarlos, está quedando abandonada toda una memoria colectiva, un hermosísimo atado de tradiciones. Y eso somos, también.
Parece haber ocurrido un quiebre, una grieta por la cual se desvaneció todo aquello. Algunos rememoran “la tortica de manteca”, el “piteo” como eliminatoria de sorteamiento rimado con “tin marín…”, o “la cuchara se pasea…”.
También evocan el “Burrito 21”, el “Pega’o”, “Los Escondidos”, “La Gallinita Ciega” y “El Perrito Goloso”, entre otros. Pero ya casi ningún padre los pasa a sus hijos, y ahí surge el gran agujero.
Recuerdo los juegos con rondas y cantos, como “A la rueda rueda”, “Alánimo”, “Amambroche ható”, “Pito pito”, “El patio de mi casa”, “Los pollos de mi cazuela”, “María moñitos”, “La pájara pinta”, “¡Que llueva, que llueva!”. Sin embargo, nunca más los he escuchado en boca de los niños; solo quedan las nostalgias: “¿te acuerdas de…?”
Espero que en realidad nunca se olvide un antiquísimo pasatiempo como las bolas o chinatas. “Todos los juegos no son tan viejos como las bolas…”, decía Martí en el siglo XIX. A pesar de que mucho ha llovido, resulta una de las pocas actividades lúdicas que resiste la contemporaneidad.
¿Y qué decir de los trompos, papalotes, chivichanas, los yaquis, el pon, o la pañoleta y el chucho escondido?
Los juegos infantiles tradicionales constituyen mecanismos que ayudan a generar en el individuo procesos de identificación con su comunidad, con su región, con su país, a partir de la socialización inherente a estos. Es una realidad, no una frase bien hilvanada.
Tampoco habría que rescatarlos solo por melancolía, mucho menos como absurda “curita” para paliar nuestras carencias tecnológicas; en verdad son esenciales.
Ni siquiera se trata de restar importancia a la era de los móviles, tabletas, computadoras y otros dispositivos, ni de atacar ninguna avanzada tecnológica, sino promover la coexistencia de ambas opciones. Todo en su justa medida.
Sucede que el desdibujo de juegos tradicionales resulta evidente, y para rescatar socialmente estos recreos costumbristas urge potenciar la relación escuela-comunidad-familia, que incluya cambios en la concepción de la enseñanza, el empleo de las vías informales de comunicación y el trabajo comunitario e intrafamiliar.
Es esta una noble intención harto importante para la preservación de la identidad cultural, para no olvidar quiénes hemos sido y somos, para que el amigo de un niño no sea solo un aparato electrónico… y a fin de que hablar sobre juegos tradicionales no forme parte de la desmemoria o sea un símbolo de extrema rareza.
 

4:45 pm. - 09/05/2014 0 comentarios | |

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