Muy artemiseña después de un día en Santiago
2:30 pm. - 03/04/2017 0 comentarios | | |

Muy artemiseña después de un día en Santiago

Fueron pocas más de 24 horas plenas, despierta aquel fin de semana en esa ciudad de cinco siglos; sin embargo, me bastaron: su identidad legendaria, me hizo volver mente y corazón hacia mi Artemisa-la de los mártires del Moncada-, con la ambiciosa pretensión de que un día el suelo de la diosa griega se convierta en destino inevitable, a fuerza del arraigo de sus hijos
Elena Milián Salaberri elenams18081966@gmail.com

A Santiago de Cuba hay que ir. No es pretensión sino destino obligado desde que el poeta Federico García Lorca sacó a la urbe del plano de los anhelos. “Iré a Santiago”, dijo sin imaginar que la frase sería síntesis y proyección del modo de asumir actitudes hacia esa ciudad del suroriente cubano, ahora con más de 500 años.

Pero si el viajero -como yo- habita esta naciente provincia, entonces la visita no se libra del recuerdo de los 28 jóvenes oriundos de Artemisa muertos allí en el asalto al Cuartel Moncada, el 26 de julio de 1953. Ellos no se despidieron nunca de sus familias por la envergadura del hecho ni de la llamada “capital del Caribe” porque hay algo de sus almas en los muros de la fortaleza, hoy escuela y museo in situ.

Los muros, de un amarillo que duele, fueron el primer sitio visitado, el del primer llanto, pues en Santiago se viven emociones extremas, tiene lugares de desconcertante nostalgia y otros donde mora la felicidad, al punto de casi poder tocarla.

Luego, el cementerio Santa Ifigenia, remanso donde la historia pretende asentarse y plantar bandera de eternidad, con la cercanía de los panteones de José Martí y Fidel Castro, nombres imprescindibles cuando de Cuba se habla en cualquier lugar del mundo.

Céspedes, los Maceo, Mariana Grajales, también descansan allí; mejor dicho, desde el camposanto in vitan a no perder de vista a esta nación; mientras, Compay Segundo, puede que aún tense su armónico, un híbrido de siete cuerdas entre la guitarra española y el tres cubano, que quiso dejarnos.

Al final de la tarde, el castillo San Pedro de la Roca o El Morro santiaguero, parado frente al mar desde 1638 como vigía de unas aguas inmensas, tan vetusto y tan contemporáneo a la vez, para nada ajado frente al hotel Balcón del Caribe o al restaurante adonde alguna vez llegó el exbeatle Paul McCartney para consagrar a su recuerdo una silla que pocos se atreven a ocupar.

Sin excusas, lo único que puede llevar al viajero a escabullir la ciudad a cualquier  hora, es el fin de ascender al santuario de El Cobre –como lo hacen más de 500 personas diariamente- para apreciar la sublime imagen de la virgen María en la advocación de la Caridad, Patrona de Cuba, visitada por tres Sumos Pontífices de la  Iglesia Católica, y por cubanos creyentes y no creyentes. Inolvidable.

Al fin, la noche y con ella el Parque Céspedes y Calle Enramadas-con su restaurante Lorca-, el baile de todos con todos, fundamentalmente jóvenes, a puros ritmos cubanos, la sonrisa, la paz en tierra indómita…, derriban todo concepto de nocturnidad anterior a Santiago.

Fueron pocas más de 24 horas plenas, despierta aquel fin de semana en esa ciudad de cinco siglos; sin embargo,  me bastaron: su identidad legendaria, me hizo volver mente y corazón hacia mi Artemisa-la de los mártires del Moncada-, con la ambiciosa pretensión de que un día el suelo de la diosa griega se convierta en destino inevitable, a fuerza del arraigo de sus hijos.

4:45 pm. - 09/05/2014 0 comentarios | |

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