Céspedes en la voz eterna de la libertad
3:30 pm. - 09/10/2017 0 comentarios | | |

Céspedes en la voz eterna de la libertad

Cuba nunca más volvería a ser la misma desde aquel grito de independencia dado el 10 de octubre de 1868. El camino sería largo y España, en su eterna tozudez, gas­taría en la contienda hasta el último soldado y la última peseta, y exterminaría a miles de seres humanos en campos de concentra­ción salvajes.
Miguel Terry Valdespino nadiemebusca@yahoo.com

 

Quienes un buen día decidieron desti­tuirlo como Presidente de la República en Armas, no le entregaron siquiera una escolta para proteger su integridad física, no recor­daron, en medio de su espuria miseria, quién era aquel hombre capaz de elegir como hijos a toda una nación, por encima del hijo salido de su propia sangre.

Hasta el propio Fidel, un hombre que no abandonaba jamás a sus hombres, alguna vez se lamentó de aquel golpe artero contra un prócer que, sin prebendas ni retiros de lujo, moriría en combate desigual contra sus enemigos en un pedacito de Cuba llamado San Lorenzo.

Carlos Manuel de Céspedes pagó el pre­cio altísimo que a veces suelen pagar los imprescindibles de la Tierra. Y lo hizo con la frente en alto, de cara al sol como Martí, de frente a sus matadores como lo haría el Che Guevara.

Céspedes, poeta de finísimo trazo, coau­tor de La Bayamesa, tan bella como el más bello himno de amor a la Patria, caía en el mismísimo centro de la agonía cubana de varios siglos, pero también en el centro de su esperanza, ya con luz imparable desde que, al pie de la finca La Demajagua, lla­mara hombres libres a todos sus esclavos y  libertad les pidiera buscar, a riesgo de la propia vida, la libertad de Cuba toda en una contienda cargada, seguramente, de amarguras, sacri­ficios y dolores.

Cuba nunca más volvería a ser la misma desde aquel grito de independencia dado el 10 de octubre de 1868. El camino sería largo y España, en su eterna tozudez, gas­taría en la contienda hasta el último soldado y la última peseta, y exterminaría a miles de seres humanos en campos de concentra­ción salvajes. Pero la suerte de la metrópoli ya estaba echada en los predios de su última colonia americana.

El grito de libertad de Carlos Manuel ya no se apagaría ni con su muerte, se habría de multiplicar en la voz insurrecta de miles de voces, cuando ya su respiración se había apagado en su último combate por la patria.

4:45 pm. - 09/05/2014 0 comentarios | |

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