Amar a quienes cuidan nuestros tesoros
2:15 pm. - 18/04/2017 0 comentarios | | |

Amar a quienes cuidan nuestros tesoros

Amar a los maestros no debe nacer solo de los nenes, quienes llegan a quererlos tanto que después les resulta difícil desprenderse de ellos. Esa gratitud y afecto han de venir de todos, porque tienen el futuro de nuestros tesoros en sus manos.
Myrla Pizarro de la Uz myrla@artemisa.cip.cu

Hay maestros que son en sí instituciones, que por sus años de trabajo, dedicación y empeño a la nobilísima tarea de educar, se convierten en pilares, bases, los que todo padre desea para que enseñen a sus hijos.
Entre mis memorias de las escuelas tengo un recuerdo que me confundía mucho: mis padres preguntándoles a los demás qué maestro les había tocado para sus niños, y comentando después que mencionaran algún nombre.
Todos los inicios de curso, desde primaria hasta el pre (la Universidad casi ningún padre la frecuenta, porque a nosotros, que ya nos creemos demasiado grandes para eso, nos da pena), siempre fueron iguales, y las disputas no eran ni por las aulas más cómodas ni por horarios menos largos, eran por los maestros.
En aquella verdadera guerra nuclear, estábamos en medio sin entender casi nada. Había padres que por poco y se mataban, o querían matar a la directora de la escuela, siempre preocupados por lo mismo. La pregunta detonante: ¿qué profesor le tocó al niño?
Y es cuando uno crece y se convierte en hombre o mujer, que piensa en la futura educación de los hijos y entiende la connotación del asunto: la importancia del buen saber, la adquisición de los buenos modales (últimamente tan subestimados) y el papel útil a la sociedad que queremos también tengan nuestros descendientes. Entonces, buscamos a los “buenos profesores”.
Ahí empiezan mis tremendas dudas: ¿qué hace a un buen profesor? Para muchos, los años de experiencia, pero en mi aula de secundaria teníamos a un profesor emergente, de apenas varios años más que los nuestros, tan bueno en lo que hacía como mi Martha Barroso de la primaria Camilo Cienfuegos, en Alquízar (brillantísima).
Cierto, los de más experiencia nos moldean con una facilidad tal que la Física más rebelde y compleja se nos hace sencilla. Sin embargo, ellos también comenzaron siendo jóvenes inexpertos; por tanto, el amor y la confianza que los recién graduados puedan aportar a nuestros niños, se las debemos nosotros a ellos.
Educar es muy espinoso; además de inmenso amor a la profesión, hay que tener inmensa paciencia y mesura, lo que conocemos como pedagogía… y muchos niños y padres ponen a prueba. Los papeles del hogar como primera escuela, y de los padres como primeros maestros, no se ponen en práctica en estos días, y la “culpa” después la tienen los maestros.
Uno no puede ir por la vida buscando algo en los demás que uno mismo no puede brindar. El respeto y los buenos modales deben salir desde la cuna; no podemos culpar a los profesores por la falta de estos en los niños, con la idea de que no saben hacer su trabajo porque son jóvenes.
Amar a los maestros no debe nacer solo de los nenes, quienes llegan a quererlos tanto que después les resulta difícil desprenderse de ellos. Esa gratitud y afecto han de venir de todos, porque tienen el futuro de nuestros tesoros en sus manos.
A ellos tampoco les alcanza el salario, tienen problemas a diario (iguales o peores a los nuestros), y en sus hogares les esperan niños propios a los que deben atender, para luego encargarse de 20 o 30 más con la misma sonrisa.
Nuestro Comandante en Jefe Fidel Castro, que casi todo lo sabía, en una ocasión expresó: “La tarea de la educación patriótica, la tarea de formar el carácter, la tarea de formar la conciencia, empieza en el primer grado, empieza en el círculo infantil. El éxito de nuestra Revolución, el porvenir de nuestra Revolución, dependerá también de la forma en que seamos capaces de formar, desde la cuna, a las nuevas generaciones”.
Son tantas las gotas de amor y sudor que mezclan cada minuto de la vida de nuestros profes, auxiliares, seños y todo ese batallón de gente noble, desprendida y admirablemente humana que tenemos en las escuelas cubanas, que se hace imprescindible reconocer a toda voz —y de disímiles maneras— la huella de los maestros.
 

4:45 pm. - 09/05/2014 0 comentarios | |

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