8:45 am.
- 20/05/2014 0 comentarios | | |

La última actuación de Alberto

Alberto Castillo, El Jimagua, un humilde campesino, actor y cantante, existió para demostrar que sí era posible este milagro y que el hombre puede acabar revelando virtudes sorprendentes en la batalla cotidiana por su mejoramiento
Miguel Terry Valdespino nadiemebusca@yahoo.com

Imaginen por un instante a un campesino que va arando la tierra con sus bueyes, bajo el sol rebelde de cualquier día cubano y, de pronto, comienza a tararear un bolero, un viejo tango o alguna balada contagiosa. No sería un acontecimiento extraño. Imaginen ahora a ese campesino, también arando la tierra bajo el sol violento de Cuba, cantando con una voz de lujo una ópera de Puccini o de Wagner, un fragmento de la zarzuela Cecilia Valdés o un tema de los tantos que interpretó el célebre tenor español Alfredo Kraus. La imagen se las trae. No todo el mundo puede creerla.

Y, sin embargo, Alberto Castillo, El Jimagua, un humilde campesino, actor y cantante, existió para demostrar que sí era posible este milagro y que el hombre puede acabar revelando virtudes sorprendentes en la batalla cotidiana por su mejoramiento.

Para algunos, Alberto, quien acaba de fallecer en Caimito a la edad de 72 años, fue en verdad un ser humano demasiado increíble como para ser un personaje real. Pero, aunque no lo parezca, solo la vida real nos regala de un modo creíble personajes como este.

Tuve en ocasiones la impresión de que era un hombre triste, quizás porque esperó, como Penélope, por un viejo amor que nunca retornó a sus brazos, y en esa espera interminable se le escapó la vida toda. Mas, si albergué la duda respecto a si fue un hombre triste o alegre, tengo la seguridad completa de que fue un hombre honrado, sin otro interés que su pasión por el arte y el deseo de servir a los demás.

Fue campesino siempre, y vivió convencido de que nada era más grande que el fruto de la Tierra. Pero no se entretuvo en dedicarse a hacer dinero ni fortuna. No estaba en él desgastarse en algo que no conmovía su espíritu.

No tuve la suerte de escucharlo cantar en escena, pero sí el gusto de verlo sobre las tablas, como un actor con todas las de la ley, intentando sacar el máximo a sus personajes o emprender disímiles tareas en los grupos El Mercurio y Teatro de Bolsillo, dirigidos por Juan José Jordán, en Caimito, y Dagoberto Luaces, en Bauta.

No pudo interpretar a Otelo o Macbeth, como hubiera querido, pero no por eso volteó las espaldas a la platea, sino que estuvo rendido a sus pies mientras tuvo una gota de aliento.

Un hermoso documental, El canto de la tierra, del realizador Eduardo de la Torre, dejó grabado el curioso existir de este campesino artista, o viceversa, capaz de expresar su carácter auténtico lo mismo tras una yunta de bueyes que en los predios exquisitos del teatro García Lorca, ante una función de ballet de altísimos quilates.

Contaba Alberto que en unas 30 ocasiones “su documental”  “pasó” por los canales de la Televisión Cubana. No me extrañaría que esa fuera la cifra, porque yo, como miles de cubanos, también disfruté esta obra con un admiración desbordada, como también disfruté la amistad de quien me llevó a escribir, hace ya tres años, la crónica Guajiro, canta muy alto, galardonada con una mención en el Concurso de Periodismo 26 de Julio.

¿Fue Alberto una criatura de lo Real Maravilloso o del Realismo Mágico, tan comunes en estos predios latinoamericanos? En este minuto no sabría decirlo. Y ni falta que hace, porque a fin de cuentas lo que importa y pesa es saber que este guajiro de sol y tierra supo cantar muy alto, ¡vaya paradoja!, con la voz y el corazón más callados del mundo.

8:45 am.
- 21/04/2014 0 comentarios | |

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