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- 29/04/2014 0 comentarios | | |

Sobreviviente del odio

Ramón Pez Ferro, el único sobreviviente hombre de la toma del Hospital Civil Saturnino Lora, rememora los sucesos del 26 de Julio de 1953
Adianez Fernández Izquierdo adianez.fernandez@gmail.com

El valor que imprime la juventud, junto a ideales de justicia social bien arraigados, fueron las armas que acompañaron a Ramón Pez Ferro al Moncada aquel glorioso 26 de julio de 1953. El estudiante de cuarto año del Instituto de Segunda Enseñanza de Artemisa, el candelariense devenido hijo de la Villa Roja, el dirigente de la Juventud Ortodoxa del municipio, cuenta vivencias de aquellos días que cambiaron el curso de la Historia de Cuba.

"En 1952, cuando se produjo el golpe de Estado, los jóvenes de Artemisa nos pronunciamos de inmediato contra Batista. Para esa época yo era miembro del ejecutivo municipal de la Juventud Ortodoxa, me desenvolvía entre los muchachos que exigían ciertas reivindicaciones estudiantiles y era perfecto guía de la Asociación de Jóvenes Esperanza de la Fraternidad, perteneciente a la logia masónica Evolución."

Por la trayectoria revolucionaria del joven, José Suárez Blanco no lo dudó y, cuando Fidel le orientó contactar jóvenes de Artemisa, Pez Ferro fue de los primeros seleccionados.

"Tuve el privilegio de pertenecer a esa célula central de la que derivaron otras. Por mi posición en la logia usaba fácilmente el local sin despertar sospechas. En una ocasión, ya avanzados los preparativos, sostuvimos allí un encuentro con Fidel, acompañado de Pastorita Núñez. Para mayor discreción esa noche dispusimos del templo masónico y apagamos las luces. Solo permanecieron encendidos los tres bombillos del ara, uno en cada punta del triángulo."

El momento, recuerda, fue impactante. "Conocimos, por el propio Fidel, los objetivos de nuestro movimiento. Explicó que nos proponíamos, además de derrocar a la dictadura, cambiar la situación de corrupción, entreguismo y descomposición que reinaba en el país."

Sobre el proceso de reclutamiento de jóvenes Pez Ferro explica que era muy riguroso. "Cuando le hablábamos a alguien del asunto era porque lo habíamos estudiado, conocíamos cómo pensaba, sus ideales, modos de actuar, su trabajo. Este fue un movimiento de obreros, trabajadores y campesinos que anhelaban para Cuba un futuro mejor."

La hora Cero

"Semanas antes nos citaron para el apartamento de Abel y Haydée en 25 y O, en el Vedado, y el propio Fidel nos indicó que próximamente realizaríamos un entrenamiento especial, de varios días, y que debíamos preparar condiciones en nuestras casas para evitar sospechas. Fue un momento en que Fidel reconoció la forma en que se había orquestado el movimiento en Artemisa.

Ese día, al llegar a casa, tuve la seguridad de que aquella salida implicaba la acción armada para la que tanto nos habíamos preparado."

"Éramos muchos jóvenes dispuestos a llegar hasta las últimas consecuencias, pero solo los más preparados fueron. El 24 en la mañana se nos dijo que en la noche debíamos estar en La Habana, en un bar cafetería ubicado en Zapata y 23.

Estuvimos allí desde las 9:00 pm hasta aproximadamente las 11:00, lo más discretamente posible, sin hablar entre nosotros, incluso Fidel entró al bar en dos ocasiones y llamó por teléfono. Una hora más tarde salimos en unos automóviles, con rumbo desconocido.

"El chofer solo nos dijo el destino cuando prácticamente estábamos entrando a Oriente. Aunque no sabíamos el objetivo exacto, teníamos plena confianza en la dirección del Movimiento y estábamos dispuestos a seguir adelante. En Santiago nos alojamos, y como a la una de la mañana vinieron por nosotros y nos trasladaron a la Granjita Siboney."

El único sobreviviente

Momentos trascendentales en la vida de este joven de 19 años acontecerían en las horas sucesivas. Como parte del grupo dirigido por Abel Santamaría Cuadrado, debía tomar el Hospital Civil Saturnino Lora.

"A nosotros nunca llegó la orden de retirada y combatimos hasta que se acabaron las balas. Entonces nos reunimos en el vestíbulo a analizar la situación, y fue cuando un veterano de la Guerra de Independencia se acercó a nosotros espontáneamente y pidió un arma para disparar. Le explicamos la situación y se ofreció a colaborar en lo que pudiera. Entonces Tomás Álvarez Breto, vecino mío, le dijo que me hiciera pasar por su nieto."

"Aquello me parecía raro, pero el anciano accedió, incluso teníamos cierto parecido, y yo aparentaba mucho menos edad de la que tenía. Yo vestía un pantalón de civil debajo del uniforme, porque me quedaba grande, y conseguí una camisa.

Me senté al lado de la cama y los batistianos ni se fijaron en mí. Luego el veterano habló con ellos y le pidió que me dejaran ir, pues la familia estaría preocupada. Me marché de allí, en medio de una ciudad desconocida, revuelta, y llena de asesinos sedientos de sangre por las calles."

Tras muchos esfuerzos, el muchacho, sin dinero en el bolsillo, logró llegar a casa de una abuela en Marianao, pero ya los esbirros sospechaban de su participación, pues había desaparecido junto a otros de Artemisa, implicados en el asalto.

"Un día siguieron a mi padre y me detuvieron. Fui a juicio, pero Fidel había orientado a algunos de nosotros negar la participación, y como no tenían pruebas, salí absuelto, aunque en el juicio elogié la actitud de los asaltantes y cuando me preguntaron si hubiera accedido a participar en la acción, de haberme hecho la propuesta, contesté afirmativamente."

Siguió vinculado a las actividades revolucionarias, fue golpeado y estuvo preso en varias ocasiones. Vivir en Artemisa se le hizo imposible y debió exiliarse. El triunfo de la Revolución le sorprendió en Estados Unidos, en una actividad con un grupo de compañeros. De inmediato regresó a Cuba, para participar de la materialización del sueño por el que fueron a pelear en los muros del Moncada.

Sesentiún años no han podido borrar de su mente aquellas jornadas en las que perdió a muchos compañeros de lucha, a muchos vecinos y amigos. Le reconforta saber que la obra de la Revolución tiene la impronta de cada uno de ellos, pero los extraña. Quizás por eso, cada vez que viene a la Villa Roja, acude al Mausoleo a los Mártires de Artemisa, esa gran casa en el barrio La Matilde, en la que descansan sus compañeros.

Entonces se reencuentran los hijos y quizás hasta conspiren nuevamente. Quién sabe si en cada una de las buenas cosas que suceden en esta tierra no esté todavía la mano de Pez Ferro y de sus hermanos de lucha.

3:45 pm.
- 21/04/2014 0 comentarios | |

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