Enero 23, 2018 - 11:00am
- 23/01/2018 0 comentarios | | |

Recuerdos de un "rindemontañas"

Un soplo suave, un hálito imperceptible anunció su hora final, se llevó su ser, pero no el espíritu de lucha que había forjado en Cuba
Maivy Cruz González maivy.cruz@cmbs.icrt.cu

*Quizás Esther Martínez Villena hubiera querido contar esta historia perdurable. No lo sé. Solo escuché un aliento entre aquellas paredes de madera, y quise encarnarla.

 

Ha pasado mucho tiempo. Estoy sentada aquí, en el sillón antiguo color café, en la salita pequeña y maltratada por los años. Frente a mí, un pasado convertido en fotos amarillas, todas aferradas a una pared blanca y testigos de una época inigualable.

En mi mente las ideas se desvanecen. Llegan y se van. ¡Es tan difícil luchar contra la nostalgia y agarrar una pluma cuando las manos tiemblan!

Son las 6:00 de la mañana y la tristeza invade como un batallón todo mi cuerpo. Los párpados se cierran, y el frío carcome los huesos de unas piernas cansadas, pero recuerdo…

La guerra había terminado, mas todo conservaba el olor a muerte. Alquízar, mi pueblo, se había aniquilado por la conflagración, sin dejar más rastros que hambre y miseria.

Era diciembre de 1899. Yo apenas tenía un año de edad, y un profesor de instrucción pública, llamado Luciano Rogelio Martínez Echemendía, esperaba un hijo.

El día 20, su esposa María Dolores Villena trajo al mundo un niño rubio, de ojos azul cielo, al que nombraron Rubén Agnelio Martínez Villena, el que sería —a partir de ese momento y para siempre— mi hermano.

Su bondad y fértil imaginación fue heredada de mamá. De papá recibió el carácter rebelde y ese afán de priorizar el deber ante todo.

A los seis años comenzó su vida escolar, y a los nueve escribe sus primeros versos dedicados a la bandera cubana, por la cual siempre sintió respeto.

Más tarde, redacta su primer cuento: El Oso, desbordando su capacidad indiscutible como prosista, la que desarrolló años después. Sin embargo, era un niño como otro, lleno de vida y gustoso de hacer bromas.

Cuando se gradúa de bachiller comienza a trabajar como maestro auxiliar en la escuela Hoyo y Junco.

Siempre seguí sus pasos de cerca. Me crié junto a él, admirando esa sensibilidad y su búsqueda incansable de una sociedad mejor.

Durante sus años en la Escuela de Derecho de la Universidad de la Habana conoció a figuras como Juan Marinello, José Antonio Fernández de Castro, Guillén y Regino Pedroso, quienes se convirtieron en sus amigos.

Al llegar la madurez, Rubén se adhiere a sus ideas cada vez más precisas y reluce su secreta aspiración de heroísmo. Es en el recinto estudiantil donde comprende la realidad de la corrupción política y administrativa que existía en Cuba. Antes, su ingenuidad no le había abierto los ojos. Ahora, era un joven decidido, con palabras firmes y enteramente veraces.

En 1922 se recibe de abogado. Cumplió el deseo de nuestra madre, quien falleció días después. Fue un golpe muy duro para todos. Para mi hermano, su madre y su Patria eran sus dos deberes.

Durante ese año brotaron de sus manos profundas líricas. Fue pródigo en versos. Escribió dos sonetos maestros: La ruta de oro y El cazador, pero lo encumbró la Canción del Sainete Póstumo, una especie de sátira a la muerte. Pero no se sentía a gusto con su obra poética. Su naturaleza política superaba la pasión por los versos.

En 1923 se incorporó con más fuerza a la actividad revolucionaria, y recuperado de la pérdida de mamá, protagonizó La Protesta de los Trece, raíz del Grupo Minorista y la Falange de Acción Cubana. A partir de aquí publica sus primeros escritos políticos en el periódico El Universal.

Su amistad con Mella le permitió fundar junto a él la Universidad Popular José Martí, en la que participa como profesor en 1925.

Se había transformado en poco tiempo en un revolucionario cabal, al punto de haber jurado morir por la causa justa si fuera necesario. No obstante, había sido un hermano e hijo cariñoso y un padre ejemplar. Esto ocurrió en la Unión Soviética, donde permaneció tres años. Demasiado tiempo para extrañarlo. Desde allí me enviaba cartas, y en una de ellas supe que su esposa Asela y él tuvieron una niña.

En el verano de 1927 comienzan a debilitarse sus pulmones y durante varias semanas la tuberculosis lo mantuvo preso en las sábanas. En esa época entra en las filas del Partido Comunista de Cuba, por lo que vivió un período complejo debido a su enfermedad.

Su salud no le permitía una entrega a la Patria como la que había deseado, pero con su quehacer político era capaz de rendir montañas.

Después de varias recaídas, el joven de la mirada inteligente se sintió morir. La odisea de unir la cultura con su actividad revolucionaria se perdía de sus páginas y versos.

Escribe en 1932 sus últimos artículos, habla por última vez frente a un público. Cada minuto que pasaba lo ahogaba en una tos ensordecedora y lo sumergía en un vacío interior que no podía llenarse.

Sus últimas semanas de vida las dedicó al IV Congreso Obrero de Unidad Sindical, hasta que fue trasladado al sanatorio La Esperanza, en diciembre de 1933.

Allí, el 16 de enero de 1934, se apagó su luz plena de mediodía, su vida de poeta, de revolucionario, de líder. Así quedó, inmóvil; con un rostro otrora encendido, ahora pálido y apagado.

Un soplo suave, un hálito imperceptible anunció su hora final, se llevó su ser, pero no el espíritu de lucha que había forjado en Cuba.

Lo admiré mucho, y lo quise. A otros también les ocurrió así. Quizás las memorias queden vagas aunque he intentado recordar los detalles de su existencia. A veces, imagino sus pasos en el tabloncillo de madera. Me cuesta acostumbrarme, pero lo sobrellevo. Han pasado tantos años y parece que fue ayer.

La casa no es como antes. Ahora es una institución museística y Monumento Nacional de la República de Cuba. La imagen de mi hermano, desde su infancia hasta sus días finales, se presenta a través de una veintena de fotos, algunas originales y otras de artistas de la plástica como Carlos Enríquez y Juan José Sicre.

Aún las columnas guardan las huellas de sus dedos. Todo lo que le perteneció: diplomas, cuadernos, libros, poemas, hacen vibrar su presencia en la Avenida 91 de Alquízar.

Su ejemplo se mantiene vivo en cada pieza museable, como si aquellos años hubieran quedado congelados en el tiempo o, tal vez, atrapados en mi historia.

 

(Esther, 16 de enero de 1978)

 

Su mascarilla mortuoria permite conservar por siempre su expresión facial
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Enero 23, 2018 - 11:00am
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