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- 21/01/2018 0 comentarios | | |

Poeta de fina estampa

Hay en este un retrato extraordinario de la cubanía, de nuestra manera de ser y comportarnos hasta en predios, en apariencia, más solemnes, y ante un acontecimiento tan desolador como puede ser la muerte.
Miguel Terry Valdespino nadiemebusca@yahoo.com

Cuando el polémico Jorge Mañach decidió poner en entredicho la calidad literaria de Rubén Martínez Villena (comparándolo ladinamente con otro Rubén, de apellido Darío, el inmenso bardo nicaragüense), no aquilataba el autor de Indagación del choteo el valor tan extraordinario de una obra poética y narrativa en ciernes, pero con logros muy atendibles.

Un sentimiento absolutamente opuesto guió la opinión de Raúl Roa al reconocer que, de no haber fallecido Villena a tan corta edad, hoy Latinoamérica tendría ante sí la obra de uno de sus más grandes autores literarios.

A Rubén (1899-1934), por desgracia, se le acostumbra a mirar, generalmente, solo en su faceta política, como si solo su lucidez y sus ardores estuvieran reservados para organizar una rebeliónproletaria o una Revolución marxista, y nada más que eso.

Craso error. Cuando nos asomamos a la poesía villeniana, descubrimos de inmediato una infinidad de registros conmovedores en el estado de ánimo y el comportamiento de este poeta y narrador, capaces de humanizarlo en extremo y de salvarlo de los rigores del frío mármol.

Si en el poema Rosario, el joven José Martí no puede contener sus aciclonados ardores amatorios ante la presencia de la bellísima bailarina mexicana Rosario de la Peña, calvario de no pocos hombres, entre ellos el poeta suicida Manuel Acuña, el alquizareño Villena, en poemas como Hexaedro rosa, se desborda de una pasión erótica que, solo los estrechos de mente, pueden negarle a hombres de semejante talla histórica.

Con un verso inicial, también verso de cierre, Villena sintetiza la pasión que lo consume y colma de plenitud: “Puedes venir desnuda a mi fiesta. Yo te vestiré de caricias”.

Pero Rubén Martínez Villena es también un poeta con un extraordinario le sirva para pronosticar los detalles de su propia muerte, empeño acometido desde el que, tal vez, sea su poema con más aire popular: Canción del sainete póstumo.

Hay en este un retrato extraordinario de la cubanía, de nuestra manera de ser y comportarnos hasta en predios, en apariencia, más solemnes, y ante un acontecimiento tan desolador como puede ser la muerte.

No obstante, si en algo se equivocó Villena fue en la risa y la chanza que acompañaría su despedida. No. Nadie rió el 16 de enero de 1934, cuando dieron la brutal noticia de su muerte y, mucho menos, cuando la sepultura acogió su cuerpo minado por la tuberculosis, absurdo que privó de la vida y de mayores logros literarios a uno de los más insignes miembros de la Generación del 30.

No fue en verdad ese “Rubencito” del que, con taimadas intenciones, bromeaba Mañach, sino un Rubén entero, tan grande en su dimensión revolucionaria como en su dimensión poética.

11:30 am.
- 21/04/2014 0 comentarios | |

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