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- 08/10/2017 0 comentarios | | |

Bajo la piel de un héroe

Un recuerdo del Che en su piel más humana, para comprender al héroe y que se aspire a ser como fue, aun más allá de octubre.
Elena Milián Salaberri elenams18081966@gmail.com

“Podrán cortar las flores, pero nunca terminarán con la primavera” (Che)

Desde la muerte de Ernesto Guevara, el Che, y sus compañeros de lucha aquel octubre de 1967, en La Higuera, Bolivia, se oye muy fuerte en este archipiélago donde luchó por sus sueños antes y después de la Revolución, que los pioneros quieren ser como ese argentino universal, y el río Ñancahuazú desbordó su cauce continental para refrescar el recuerdo de una guerrilla.

Pues cuando un hombre logra salir en moto -y casi sin saberlo- a la conquista de ideales ya no quiméricos, pues el socialismo había soltado la invitación a seguirlo; luego navega a un país que lo hace Comandante, ministro, amigo, hijo… y se llega al África para luego, finalmente, retornar a ese sur de América en pie de libertario… cuando todo eso sucede, la carne y el esqueleto parecen mentiras.

Es entonces cuando vale preguntarse qué puede resultarle imposible a un ser humano, mientras uno se cuestiona si en su piel habitó alguna vez un niño o fue un día un joven común; si bien creo que común no es la palabra para definirlo.

Ahí se hace oportuno el recuerdo de que la primera palabra pronunciada por “Ernestito” fuera “inyección” (preludio del médico que sería), de tanto ataque de asma superado junto a las lágrimas de Celia, su madre, la mujer que un día decidió dejar de coartarle las temeridades y lanzarlo a hacer una vida normal. Supo que de otro modo nunca iba a ser feliz su niño.

Cuentan que de pequeñito se empeñó en cruzar una zanja en el traspatio familiar: caía una y otra vez, sacudía el polvo, lo intentaba de nuevo y lo repetía a diario, hasta poder pasarla sin dificultad. Eso hizo toda la vida, transgredir las trabas; a eso llamó a los jóvenes, al “hombre nuevo”.

La imagen de su madre resulta así inevitable, como lo es para quien se acerque al Che-ser humano, el relato testimonial escrito en algún momento posterior al 22 de mayo de 1965 por él en El Congo, titulado La Piedra, a raíz de anunciarle la posible muerte de ella. Son estos apenas fragmentos.

“…Solo dos recuerdos pequeños llevé a la lucha; el pañuelo de gasa, de mi mujer y el llavero con la piedra, de mi madre, muy barato este, ordinario; la piedra se despegó y la guardé en el bolsillo.

“¿Era clemente o vengativo, o solo impersonal como un jefe, el arroyo? ¿No se llora porque no se debe o porque no se puede? ¿No hay derecho a olvidar, aun en la guerra? ¿Es necesario disfrazar de macho al hielo?

“Qué se yo. De veras, no sé. Solo sé que tengo una necesidad física de que aparezca mi madre y yo recline mi cabeza en su regazo magro y ella me diga: ´mi viejo´, con una ternura seca y plena y sentir en el pelo su mano desmañada, acariciándome a saltos, como un muñeco de cuerda, como si la ternura le saliera por los ojos y la voz, porque los conductores rotos no la hacen llegar a las extremidades. Y las manos se estremecen y palpan más que acarician, pero la ternura resbala por fuera y las rodea y uno se siente tan bien, tan pequeñito y tan fuerte. No es necesario pedirle perdón; ella lo comprende todo; uno lo sabe cuando escucha ese “mi viejo”´…

Tal sensibilidad, así parezca paradójico, es materia de héroe; no se concibe uno donde solo prime la firmeza sin ternura, esa que el Che llamó a no perder, a pesar de “la dureza de estos tiempos”.

En su cuerpo -rescatado de la tierra- hubo un día un niño, un joven…dulce y fuerte, fruto de su tiempo, porque ningún hombre escapa de su época. Es bueno recordarlo así en su piel más humana para entonces comprender al héroe y que se aspire a ser como fue aun más allá del décimo mes de cada año.

12:15 pm.
- 21/04/2014 0 comentarios | |

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