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- 30/04/2014 0 comentarios | | |

Lecciones de terror

“En todo grupo humano hay hombres de bajos instintos, criminales natos, bestias portadoras de todos los atavismos ancestrales revestidas de forma humana, monstruos refrenados por la disciplina y el hábito social, pero, que si se les da a beber sangre en un río, no cesarán hasta que lo hayan secado.” Fidel Castro / La historia me absolverá
Miguel Terry Valdespino nadiemebusca@yahoo.com

Una vez abortada la sorpresa del ataque, los oficiales y soldados de los cuarteles Moncada, en Santiago de Cuba, y Carlos Manuel de Céspedes, en Bayamo, se lanzan a perseguir con saña a los asaltantes sobrevivientes. En esta cacería sin tregua, a la cual se suman potentes refuerzos, incluyen, de modo oportunista, a viejos rivales políticos como Manuel El Niño Cala, de ningún modo vinculado a los sucesos del 26 de Julio, pero baleado impunemente en plena calle como si fuera un asaltante más.

Horas después del asalto, un alto oficial del régimen, el general Martín Díaz Tamayo, llegaba a Santiago de Cuba con una orden expresa del dictador Fulgencio Batista: era vergüenza que en la acción hubieran muerto más soldados que asaltantes. De ahí que, por cada militar caído, debían morir diez revolucionarios.

El recio mensaje del tirano comenzaría a cumplirse de inmediato, y ni la indefensa e inocente población civil (aportó nueve muertos a la represión, entre ellos un niño) saldría ilesa de la obra de horror y sangre escrita por una horda de bárbaros atilas.

Siguen siendo sencillamente espeluznantes las historias sobre el destino de los atacantes sobrevivientes: Hugo Camejo, Pedro Vélez y Andrés García, tras lograr el escape a Manzanillo, fueron arrestados. Un oficial se encargó entonces de la triste tarea de estrangular a los tres, dejando vivo por casualidad al último de estos, posteriormente juzgado y condenado a prisión.

Rendidos sin disparar un tiro, Lázaro Hernández Arroyo, Pablo Agüero Guedes, Rafael Freyre y otro combatiente no identificado entonces, fueron salvajemente masacrados en Ceja de Limones.

Al referirse a estos demenciales crímenes en su histórico alegato La historia me absolverá, Fidel denuncia con impresionante claridad: “A Pedro Miret, Abelardo Crespo y Fidel Labrador García les inyectaron aire y alcanfor en las venas para matarlos en el Hospital Militar. Deben sus vidas al capitán Tamayo, médico del Ejército y verdadero militar de honor, que a punta de pistola se los arrebató a los verdugos y los trasladó al Hospital Civil”.

Dos artemiseños, Marcos Martí Rodríguez y Ciro Redondo García, fueron detenidos en una cueva de Siboney. Marcos fue baleado y después rematado fríamente. Al ver el comandante Pérez Chaumont, un carnicero sin escrúpulos, que los soldados habían llevado ante su presencia al joven Ciro, reaccionó furiosamente: “¡Y a este para qué me lo han traído!”. Debido a lo que Chaumont llamó “una estupidez de los soldados”, Ciro logró conservar la vida.

Estos ejemplos son apenas algunos botones de muestra, porque la represión cebó sus tábanos sangrientos a sus anchas, y puso en el banquillo de los implicados hasta a políticos de muy dudosa honradez y nada de coraje, como el depuesto Carlos Prío Socarrás, antítesis total de los corajudos combatientes del 26.

También en su obra cumbre, Fidel denuncia que varios asaltantes detenidos fueron obligados a cavar sus propias tumbas y otros fueron enterrados vivos, con las manos atadas a la espalda. No pueden ser más expresivas las palabras del joven líder insurrecto: “No se mató durante un minuto, una hora o un día entero, sino que en una semana completa los golpes, las torturas, los lanzamientos de azoteas y los disparos no cesaron un instante como instrumento de exterminio manejados por artesanos perfectos del crimen”.

La acción de la soldadesca contrastó completamente con la de los jóvenes insurgentes, pues el grupo de asaltantes encabezado por Ramiro Valdés llegó a mantener prisioneros en una barraca a más de 50 soldados… y a todos se les respetó la vida y la integridad física, mientras que en el Palacio de Justicia y otros sitios del Moncada los soldados prisioneros tampoco fueron asesinados o vejados. Pero no devolvieron el acto generoso. Todo lo contrario.

Deplora Fidel en su alegato la cobarde actitud del sargento Eulalio González, asesino de Abel Santamaría y de otros combatientes, quien al descubrir en un ómnibus donde viajaba la presencia de la madre del héroe salvajemente mutilado, decidió jactarse de su “hazaña”: “Pues yo sí que saqué muchos ojos y pienso seguir sacándolos”.

Otros testaferros, ante el reclamo de las madres de los combatientes por el paradero de sus hijos, respondían: “¡Cómo no, señora, vaya a verlo al hotel Santa Ifigenia, donde se lo hemos hospedado!”

El propio Fidel, tras su captura por el muy digno teniente y abogado Pedro Sarría, asistió a un fuerte encontronazo entre este oficial honorable y Pérez Chaumont, empeñados en conducir a Fidel y otros compañeros hacia un solo destino que sería, sin dudas, la tortura y la muerte.

Ante la actitud intransigente del oficial, otro esbirro de marca mayor, el coronel Ríos Chaviano, le diría angustiado: “¡Qué has hecho, Sarría! ¿Qué le diremos al Presidente?”

Las mentiras del dictador no tuvieron límites. Había afirmado el 27 de julio que 32 asaltantes habían muerto en combate. Pero, al finalizar la semana, la cifra seguía aumentando. ¿En qué nuevos combates habían muerto esos jóvenes? Para no intentar explicar lo inexplicable, Batista decidió implantar la más totalitaria censura de prensa.

Vistos los acontecimientos a la distancia de 60 años, no puedo impedir a mi memoria recordar la Licencia de tres días para matar en Cuba, solicitada por las fuerzas más reaccionarias de Miami cuando creyeron ver la derrota de la Revolución tras la caída del campo socialista en Europa.

Un momento y el otro, sin dudas, se emparientan, se encargan de estimular los bajos instintos de las almas ruines, pero, sobre todo, de abrir los ojos y la conciencia a quienes, hoy como ayer, apuestan hasta la propia vida por la victoria de la justicia.

7:30 pm.
- 21/04/2014 0 comentarios | |

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