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- 13/03/2017 0 comentarios | | |

Hay que quitar la cáscara

Lamentablemente, suele haber mucha orfandad de ellas en nuestros medios. Hay que decirlo: las prominencias y los números acaban arrinconándolas. Una entrevista es una novela mínima, una novela en gestación, una novela viva. Y no vale la pena si el entrevistado no se derrama.
Reinaldo Cedeño Pineda reinaldo@artemisadiario.cu

Algunos creen que unas preguntas y otras tantas respuestas hacen la entrevista. Que unas palabras hermosas, aderezadas aquí y allá, hacen la crónica. Se gastan muchas balas de salva, se puede naufragar en la orilla. Se pueden tener muchas razones, muchos argumentos… y no despegar jamás.
No se me despinta una tarde cuando el domador de leones del Circo Nacional de Cuba se levantó la capa  y dejó ver gruesos costurones en la piel. Pero… ¿cómo puede seguir?, le  pregunté espantado. Solo me dijo tres  palabras, como en aquel bolerazo: “Es mi pasión”.
Le concedí la gracia. Muchas veces en la vida hay que domar a los leones. Y solo la pasión te asiste, te disuade, te reafirma.
He tenido delante a quien todo el mundo aplaude y a quien nadie conoce. Nadie es una manera de decir. De lo primero he hablado en otras ocasiones, pero las historias, las humanas historias, se hallan en cualquier rincón, en cualquier anatomía.
Lamentablemente, suele haber mucha orfandad de ellas en nuestros medios. Hay que decirlo: las prominencias y los números acaban arrinconándolas. Una entrevista es una novela mínima, una novela en gestación, una novela viva. Y no vale la pena si el entrevistado no se derrama.
Aquella bailarina de la calle, con su bufanda raída, conserva algo de Isadora. Aquel hombre que quiere ser María Félix, empieza a tener la  mirada de La Doña.  La mejor recogedora de café, me recuerda aquel verso de la Loynaz: “Es útil sin ser tosca… es buena sin saberlo”. Son ejemplos. Para verlo, para poderlo ver, es preciso el ojo avisor y el latido dispuesto.
Claro, a veces uno parece quedarse sin palabras¿Qué decir a Eufemia, la señora centenaria, cuando me cuenta que se le apagó la vida, que dejó de cantar, cuando murió su primer hijo?  ¿Qué palabras inventar cuando aquel enfermo, aquel joven que entrevistas, te dice que quiere saltar el abismo… y no ve la otra orilla?
¿Qué abrazos tender a la atleta, la que todo el mundo espera, la recordista, la esperanza, cuando la ves desplomarse en la pista?
Uno ha de sajar de sí para encontrar las preguntas, para continuar el diálogo, para emerger la imagen. Para que el micrófono o la cámara, sepan captar lo que dibuja el gesto, lo que guarda el silencio.
Me gusta mirar a los ojos de la gente: la historia comienza por ahí. Hay que quitar la cáscara, hay que romper la nuez.
 

Lamentablemente, suele haber mucha orfandad de ellas en nuestros medios. Hay que decirlo: las prominencias y los números acaban arrinconándolas
Lamentablemente, suele haber mucha orfandad de ellas en nuestros medios. Hay que decirlo: las prominencias y los números acaban arrinconándolas
5:30 pm.
- 21/04/2014 0 comentarios | |

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