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- 09/10/2017 0 comentarios | | |

La decisión más valiosa de Armando

Un hombre sin precio, que se integró muy pronto a la Revolución, formó parte de las fuerzas que se lanzaron a capturar a los asesinos del miliciano Vicente Pérez Noa, e impulsó la construcción del estadio José Ignacio Chiu, en Caimito.
Miguel Terry Valdespino nadiemebusca@yahoo.com

No importa lo que han hecho del hombre.

Importa lo que hace el hombre con lo que han hecho de él.

Jean-Paul Sartre

Armando Sánchez echó por tierra el axioma de que “cada hombre tiene su precio”, que si no es por una cifra de dinero, será por otra mayor capaz de venderle el alma al diablo, como el personaje de Fausto en la pieza homónima de Goethe. Pero no. No siempre es realmente así.

La familia original de este octogenario caimitense fue, hasta poco tiempo después del triunfo revolucionario, dueña de múltiples propiedades, como el cine de Caimito, las escogidas de tabaco de Ceiba del Agua, San Antonio de los Baños y Guanajay, y el almacén de tabaco en Lealtad y Dragones, en la capital.

A estas se sumaban las fincas Pellejero, La Serafina, San Julio, Las Delicias (hoy El Jagüey) y seis casas en el barrio de Cayaguasal, además de varios camiones y automóviles, entre otras.

A tal nivel dorado ascendía el patrimonio familiar, que el padre de Armando pudo darse el lujo de matricular a su hijo en una escuela privada, cuyo pago ascendía a la respetable cifra de 225 pesos mensuales, una verdadera fortuna para aquella época.

Ninguna de estas comodidades logró deslumbrarlo. Por eso el padre acabó descubriendo que su hijo Armando, además de sentir una simpatía ancestral por los pobres y los negros y ayudarlos con cuanto recurso tuviera a mano, fue capaz, en la finca La Serafina, de aumentarles el salario a estos, sin consultarlo siquiera con su progenitor.

El castigo para tal “atrevimiento” -trabajar en el campo como un jornalero más, de Sol a Sol- lo llevó a conocer de cerca a un futuro combatiente caído en las arenas de Playa Girón: Juan de Dios Fraga Moreno, amistad de la que nunca ha dejado de enorgullecerse.

De la revuelta década del 50 recuerda aún a integrantes del Partido Ortodoxo y del Movimiento 26 de Julio en Caimito, el clima de clandestinidad en que se movieron estos, y a veces él como colaborador, bajo el acecho del teniente Jacinto Menocal, un connotado asesino, jefe de la Policía batistiana en la zona.

Armando tira cien strikes

Ninguna duda tembló en la mente de Armando cuando al fin los barbudos alcanzaron el triunfo en enero del 59. De todo corazón estaba dispuesto a sumarse a una causa que venía a ser “de los humildes, con los humildes y para los humildes”, portadores de un dolor histórico, incapaz de ser entendido por su padre, pero sí por Armando.

De aquellos tiempos indóciles rememora todavía la amarga advertencia de su padre al verlo vestido de miliciano: “Vas a pasar más trabajo que el caramba”. Y recuerda la partida definitiva de este, de su madre, sus hermanos y del resto de su familia, hasta quedarse completamente solo en Cuba, una separación que todavía altera el ritmo de sus palabras.

Pero no se arrepintió del camino tomado. Integró entonces las filas del Departamento de Inteligencia del Ejército

Rebelde (el futuro Minint), decisión especialmente dura, pues los sabotajes, la violencia, la contrarrevolución solían florecer por todas partes y sus autores no reparaban en la integridad física de nadie.

La Crisis de Octubre lo encontraría, fusil en mano, como jefe de Compañía y de Información en las lomas de Bahía Honda, Cabañas y en una buena parte de la costa norte artemiseña. Además, integró las fuerzas que se lanzaron a capturar a los asesinos del miliciano Vicente Pérez Noa, en las afueras de Ceiba del Agua.

De su participación en la Lucha Contra Bandidos en las montañas del Escambray, tema del gustado serial televisivo LCB: la otra guerra, Armando comenta: “Allí los alzados estaban por todas partes, cometiendo atrocidades, la situación política y militar era muy difícil. En medio de tantas tensiones, un compañero disparó una pistola muy cerca de mi oído y todavía no se me ha borrado el daño”.

Desde que en 1961 asumiera las riendas como primer director del Inder en Caimito, esta plaza se convirtió en todo un hervidero del músculo: comenzaron a florecer diversas disciplinas deportivas y los planes de la calle.

Campeones nacionales y provinciales, integrantes de la mítica novena de Industriales, y eventos como la vuelta ciclística Vereda—Caimito-Ceiba-Vereda demostraron la excelente salud que comenzaba a destilar el deporte caimitense.

Su obra maestra

La vida de Armando Sánchez es casi una novela. Pero si de esa novela tuviera que elegir sus momentos más hermosos, esos serían, sin dudas, sus 59 años de matrimonio con Ana Fernández, y junto con ella las dos hijas de ambos, Ana Rita y Elizabeth, los cuatro nietos y tres bisnietos… y el estadio José Ignacio Chiu, incluso sede de partidos de la Serie Nacional de Béisbol.

Armando recuerda que, al triunfo de la Revolución, solo existía en su pueblo un estadio de béisbol llamado El terreno de San Martín, de madera y muy rústico.

Entonces Elito Caballero, organizador de los CDR en Caimito, le propuso construir un estadio de verdad, propuesta que no demoró por un sí de Armando. Con ayuda de un hombre llamado Guillermo, un caimitense entonces administrador del estadio Latinoamericano, se procedió a llevar adelante el proyecto.

Guillermo trajo especialistas del mismísimo Coloso del Cerro para determinar la ubicación de las gradas, el home plate, los dugouts, los límites del terreno…, a los que se sumaron figuras como Hilario Brache e Israel Darias, y un grupo de obreros del aserradero local encabezados por Everardo Pérez.

Con muy escasos recursos, pero dejando el alma en el terreno, el estadio pasó de ser un sueño a ser una realidad, no solo por obra y gracia de las figuras ya mencionadas, sino por el aporte de todo el pueblo.

Contar paso a paso la vida de Armando requeriría cientos de páginas. Es una realidad que todos me dicen cuando han conocido que escribo un trabajo sobre él, y -más que nada- para él.

No lo dudo. Como tampoco nadie dude de la integridad de un hombre que pudo ser rico, darse una gran vida en La Habana o Miami, pero nunca se plegó al dinero, ni siquiera cuando lo llamaron para informarle que una cuantiosa cifra monetaria, fruto de una herencia familiar, le esperaba noventa millas más al norte de Cuba.

-¿Cómo te mandamos el dinero? –le preguntaron entonces.

-No, no quiero nada –fue su lacónica respuesta.

Y así fue de desinteresada la vida de este hombre con alma de aventurero, lector avezado que quiso ser médico o historiador, y acabó siendo, sencillamente, Armando Sánchez, un hombre de pueblo.

10:15 am.
- 21/04/2014 0 comentarios | |

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