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- 20/10/2017 0 comentarios | | |

Cultura con rúbrica de Patria

Nuestro José Martí, la mayor figura política en la Historia de Cuba y también la mayor figura literaria, poeta ejemplar, adalid del movimiento Modernista y creador de un periodismo aún no aquilatado en toda su extraordinaria valía, dejó para la eternidad y la salvación de la Patria la concepción de que política y cultura van de la mano, no se excluyen.
Miguel Terry Valdespino nadiemebusca@yahoo.com

José Martí, Héroe Nacional de Cuba, tuvo el extraordinario don de ser la mayor figura política en la Historia de nuestro país y también su mayor figura literaria, doble mérito no alcanzado por ningún otro ser humano en cualquier latitud de este planeta.

Con tal impresionante mérito a cuestas, el autor de La Edad de Oro, poeta ejemplar, adalid del movimiento Modernista, creador de un periodismo aún no aquilatado en toda su extraordinaria valía, dejó para la eternidad y la salvación de la Patria la concepción de que política y cultura van de la mano, no se excluyen, como algunos -ingenuamente- han pensado más de una vez.

Y cuando digo política, no digo politiquería burda y ramplona, discurso hueco y sin corazón, sino sentido de la nacionalidad, pretensiones invencibles de construir un país mejor, alma expuesta con amor al sacrificio por los demás, sean cubanos o no, ideario convertido en realidad por los más nobles hijos de nuestra nación.

Una vez soñado, expuesto o concretado este ideal, ¿qué otro espacio resulta más entrañable, entonces, para reflejar nuestra vocación humanista que los predios de la cultura, sea en el soporte de un libro, la imagen en la pantalla, las notas de un pentagrama, el trazo sobre el lienzo…?

Si analizamos con detenimiento el aporte cultural de nuestros más reconocidos patriotas, veremos que no ha sido escaso: hace apenas unos días mencionaba esa obra genial coescrita por Carlos Manuel Céspedes y José Fornaris, llamada La Bayamesa, encendida lección de patriotismo vestida con aroma de agraciada mujer, y ahora destaco otros ejemplos.

Cuando pasamos revista a lo más memorable del bando insurrecto a partir de octubre de 1868, encontramos en sitial privilegiado a Máximo Gómez, El Generalísimo, hombre de recio carácter, a veces especialmente amargo, pero siempre sensible hasta los tuétanos, capaz de legarnos un testimonio de inmenso valor literario como El viejo Eduá y hasta un par de piezas teatrales breves, La fama y el olvido y Momentos de ocio.

A este período valdría la pena volver, una y otra vez, mediante las sólidas páginas testimoniales escritas por autores mambises como José Miró Argenter, Bernabé Boza, Ramón Roa y el propio Gómez, testigos y cronistas de lujo de una contienda bélica, de la que reflejaron con certeza milimétrica el coraje, la dignidad, la traición, la duda y las contradicciones humanas más inexplicables y más conmovedoras.

Si avanzamos hacia tiempos, textos y contextos más cercanos, hallaremos en Alquízar a Rubén Martínez Villena, líder comunista y principal dirigente de la Revolución del 33, poeta también de muy sólido discurso lírico —aunque él mismo no lo tuviera en cuenta— y autor de un cuento, El automóvil, calificado de “obra maestra” por el siempre ácido y genial dramaturgo Virgilio Piñera.

Fidel, con La historia me absolverá, dejaría para la posteridad una obra de indudable valía cultural, pues a través de ella supo refrendar las angustias y anhelos de toda una nación, como también lo haría el Che Guevara en su texto El socialismo y el hombre en Cuba, otro de sus aportes muy significativos en materia de escritura.

Unos pocos años antes, a fines de 1956, el Che había debutado como poeta en Canto a Fidel y, tras el triunfo de Enero, descolló inmediatamente como narrador en Pasajes de la guerra revolucionaria.

Será en estos Pasajes… donde aparezca publicado su relato El cachorro asesinado, contundente pieza narrativa que bien puede ubicarlo a la altura de los más grandes cuentistas de Latinoamérica y de autores de la talla de los rusos Isaac Babel y Mijaíl Sholojov.

Otro reconocido comandante, Juan Almeida Bosque, desde su irrupción en escena con el tema La Lupe, un clásico ya de la música del patio, sembró un largo camino de creaciones que sirvieron para destacarlo en un sitio muy visible, tanto en lo más valioso de la historia de su país, como en la historia más reconocida del pentagrama insular, bien fecundo este último, dicho sea de paso.

Son apenas unos pocos ejemplos. Pero pudiera citar decenas y decenas de nombres que hicieron Patria y cultura a la vez, porque eso siempre fue esta nación: un conglomerado de ideas al que no le bastaba quedarse en el debate de esquina o la acción política de mayor o menor trascendencia.

No. Cada acontecimiento de la nación surgida a partir de 10 de octubre de 1868 —y antes— llevó su poema, su relato, su himno, su verdad hecha arte y cultura de algún modo. Y no se ha detenido hasta hoy.

El himno compuesto por Perucho Figueredo, 10 días después del levantamiento de Céspedes, fue fundamental. Tenemos una patria que se ha expresado siempre, sin reticencias, a través de la magia y el poder de la cultura. Y esta verdad ni se puede evitar… ni se puede olvidar.

La intención de Fidel de “salvar primero la cultura”, y su seguridad de que era “escudo y espada de la nación”, ni eran obra de la improvisación ni demostraban ingenuidad ninguna. Más de cien años de Historia así lo han demostrado.

11:15 am.
- 21/04/2014 0 comentarios | |

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