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- 08/11/2017 0 comentarios | | |

¿Cuánto para contar en 101 años?

En la Finca Bramales, cerca del antiguo central Pablo de la Torriente Brau, a 17 kilómetros de Bahía Honda (Artemisa) —adonde solo llega quien mucho insiste— vive desde 1922 Delia Valdés Castañeda, quien nació el 11 de marzo de 1916 y ya cumplió 101 años.
Yudaisis Moreno Benítez yudaisismoreno@gmail.com

Parte de su niñez —casi desde los nueve años— y la preciada juventud las malvivió entre cañaverales. Llegaba a eso de las 12 de la noche o dos de la madrugada, y para amilanar el frío levantaba los bueyes del suelo y se acostaba en su lugar, donde un poco de calor era el mayor antídoto.

En la Finca Bramales, cerca del antiguo central Pablo de la Torriente Brau, a 17 kilómetros de Bahía Honda —adonde solo llega quien mucho insiste— vive desde 1922 Delia Valdés Castañeda, en una modestísima casa de tablas, de ventanas grandes, marcada por el tiempo, pero asegurada por el cariño de los tantos que la rodean. Nació el 11 de marzo de 1916 en Santiago de Cuba, y a la vez lo recuerda.

Se cambia la bata para la foto, me enseña su cuarto y dos imágenes antiquísimas de la madre y el padre, dispuestas en él, viste qué grande y tiposo? De ellos aprendí que el trabajo no mata a nadie, el valor de la honradez y la importancia de la familia”. Y se balancea en su sillón, mientras pide una taza de café para ambas.

Aquellas manos —de 101 años vividos— tienen las huellas de las 100 arrobas diarias de caña a cortar por 20 centavos, durante 90 días de zafra… ¿y después en tiempo muerto?, “Ni contarte”, expresa, mientras siento que su mirada va allá, donde machetes y limas, terratenientes y mayorales, abusos, miserias y mucho, mucho trabajo.

“Para más desgracia, mi esposo falleció apenas nació el último de nuestros seis hijos, algunos no lo conocieron ni en fotografía, y entonces la más grande cuidaba a los demás. Yo subía caña, y más caña, sin importar las horas, hasta llenar las carretas, para darles de comer.

“Con los centavos ganados compraba en la bodega del mismo dueño del Central, y siempre me volvía a endeudar. Y de nuevo al corte de caña, como el cuento de nunca acabar”.

Pero acabó, Delia sigue en su misma casita blanca como la masa de coco, pero ahora rodeada de hijos, nietos, bisnietos, tataranietos y choznos, bellos helechos y malangas, pollos, caballos, chivos, vacas, carneros…

“Veo la televisión hasta las 11 o 12 de la noche, leo, ya no fumo, lo cual hacía desde los seis años. No cojo lucha con nada. Como de todo y cuando me lo sirven, sin cuestionar. ¡Debemos ser agradecidos!, pues sé del esfuerzo de buscar comida para los demás.

“Me gusta planchar las sábanas, los ajustadores... Barro la casa, a veces friego y hasta pinto las puertas. El revoltillo, los frijoles negros y la carne de puerco son mis preferidos”, asegura con una paz, ganada con el tiempo.

“Solo la hipertensión me machaca y algunos problemas digestivos, pero al llamado de la ambulancia me llevan al policlínico, y  vuelvo entera”. Sí, porque de ese lugar no es tan fácil salir. Es de los longevos que tiene una dieta asegurada, lo cual agradece con el alma.

Y se le humedecen los ojos centenarios. Su casita no tiene la misma salud que ella. “Nunca quisiera dejar de vivir aquí, un hijo, —de 74 años— se mudó conmigo para acompañarme y pedimos un subsidio, que ¡ojalá pueda ver!, al igual que mi hermano centenario también, que ya concluyó su vivienda, gracias a ese apoyo”.

Pero no quiere la despedida con ese sentimiento de desesperanza. “Todo en la vida llega, solo hay que vivir tranquilos, con amor y comprensión, educar a la familia y sentirla como la mejor y más duradera compañía”. Le digo adiós, y pienso… buena receta para vivir 120.

8:30 am.
- 21/04/2014 0 comentarios | |

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