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- 06/02/2018 2 comentarios | | |

Las “Camiladas” asombran, aun después de 86 años

Dos días después, al regreso de su misión postrera, se fundiría con el mar, ese que adoró siempre a nado en “con­tracorriente” desde el momento en que decidió no desprenderse jamás de su temple niño travieso
Elena Milián Salaberri elenams18081966@gmail.com

Si desapareció para multiplicarse y burlar la muerte, tenía que llamarse Camilo el menor de los hijos de Ramón Cienfuegos y Emilia Gorriarán, nacido en la barriada habanera de Lawton el 6 de febrero de 1932: su nombre de origen etrusco se relaciona con alguien de espí­ritu libre y disposición de servir.

Lo llamaron así en honor a su abuelo cuando la partera, al abrir la puerta del cuarto, le dijo al padre “¡es otro varón!”, y las ansias de Emilia por tener una hija ya sucumbirían con agrado para siempre ante la gracia efervescente del pequeño. Efervescente es también una de las cualidades descritas en las raíces del antiguo vocablo Camillus.

Hablar del expedicionario del Granma, del Comandante de sombrero alón, Señor de la Vanguardia, el más brillante de los guerrilleros, con cejas y sonrisa inolvidables, por supuesto subyuga; pero, nada como sus “mil anécdotas”, que de acuerdo con diversos historiadores el Che llamaba “Camila­das”. Y en esta fecha, las historias de su niñez son quizás las más oportunas.

Muy pequeño estuvo un mes de peni­tencia por haber mordido a un conserje en el kindergarden. Su padre investigó, supo que el niño no habló, pues no quiso delatar a un compañerito al que quería mucho —el real ejecutor de la mordida— y ¡le quitó el castigo!

Defensor de los desfavorecidos, cro­nista deportivo en la escuela, ganador varias veces del premio El Beso de la Patria, Camilo guardaba los centavos que le daban para la merienda y se los daba a sus padres para ayudar a com­pensar un poquito la pobreza y a veces para contribuir a mantener un Hogar de Niños Españoles donde había 75 huérfa­nos.

Es memorable el día en que, por cumplir lo que su padre le había dicho: “no corras cuando veas un problema”, una pelota de otros niños rompió una vidriera de la florería Tosca. Él no corrió y los demás muchachos sí. Su padre tuvo que pagar la avería.

Rodolfo Fernández, su maestro, contaría que un 20 de mayo, entonces fecha patriótica obligatoria, declamó su poema preferido, Mi Bandera, de Bonifacio Byrne. Con el tiempo, en memorable ocasión, recitaría la última estrofa para arengar al pueblo cubano, aquel 26 de octubre de 1959, en su insos­pechado último discurso.

Dos días después, al regreso de su misión postrera, se fundiría con el mar, ese que adoró siempre a nado en “con­tracorriente” desde el momento en que decidió no desprenderse jamás de su temple niño travieso, para dar inicio sin proponérselo, a la tradición de hacerlo florecer cada año en su homenaje.

Certera entonces la idea de Vilma Espín “Si inventáramos un nombre para un personaje de leyenda, le podríamos poner el nombre de Camilo Cienfuegos”.

9:45 am.
- 21/04/2014 2 comentarios | |

COMENTARIOS DE LA NOTICIA

Yanisleydis Góm...
- 02/08/2018 - 15:24
1
Meilan muy buena tu crónica, nuestro pueblo necesita mucho más de las historias o anécdotas de este gran héroe cubano, digno de cada gesto revolucionario y honores que se le pueda ofrecer, porque en cada persona que habita en este inmenso archipielago siempre se vera reflejado un Camilo Cienfuego, alegre y valiente.
maria
- 02/13/2018 - 12:52
2
Así es, a Camilo no podemos dejar de recordarlo. Representa lo más auténtico del pueblo cubano, su alegría y optimismo. Gracias Yanisleydis por tus comentarios

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